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Otoño en la Sierra de Cameros, por Práxedes Mateo Sagasta

- 6 de October de 2016 - Publicado en: Historias rurales, Turismo rural

Hoy no estoy aquí, en esta tribuna digital, con ánimo de hablar de política. No. Hoy no toca. Hoy quiero apartar por unos instantes nuestras rivalidades, nuestras diferencias, la política pequeña. Hoy vengo, señoras y señoras, con una invitación.

Sierra de Cameros

Como bien saben, nací en un pequeño pueblo de la provincia de Logroño, la que hoy se conoce como la comunidad autónoma de La Rioja. Torrecilla en Cameros, se llama, y está a orillas del río Iregua. Hoy en día todavía pueden visitar mi casa natal, aunque mi persona sea lo menos importante. Porque no, no estoy tampoco en esta tribuna para hablar de mí.

Estoy aquí para hablarles del otoño. Esa época del año en que la naturaleza se tiñe de ocre y se prepara para el descanso del invierno, cuando las hojas crujen bajo nuestros pies al recorrer los caminos y los riachuelos vuelven a correr alegres y llenos con el regreso de las lluvias.

Estoy aquí para invitarles a que descubran esta época del año en la sierra de Cameros. Para que descubran los tres ríos que dan vida a la comarca. El Iregua, que ya les he mencionado, y también el Leza y el Najerilla. Descienden como adolescentes desde la cordillera ibérica hasta madurar en el Ebro.

El río Leza horada la tierra hasta el hueso, creando un desfiladero en el que los buitres y los alimoches se dejan ver flotando en el aire. Asómense a su mirador, cerca de Soto, les dejará boquiabiertos. En sus márgenes se sitúa el Camero Viejo.

El Iregua y el Najerilla, por su parte, encierran el Camero Nuevo, que se levanta sobre los valles con sus imponentes picos, como el Cebollera o el Terrazas. Los pastos abiertos conviven con la exuberancia de pinos y hayas de la sierra de Cebollera. Me alegra saber que hoy en día es un parque natural que es disfrutado por todos los ciudadanos.

Estoy aquí, estimados lectores, si me lo permiten, para invitarles a que descubran a las gentes que habitan los pueblos y aldeas de Cameros. En mi época aún quedaba una importante industria lanera. La trashumancia era una actividad fundamental en la vida de los habitantes de Cameros y los pastores llegaban con sus ovejas con los primeros calores y se iban antes de que el invierno se les echara encima.

Ahora sé que son actividades que se han agostado con el pasar de los años, que la comarca se fue vaciando, y por ello se situó en Torrecilla el Centro de la Emigración Riojana, para ilustrar la incertidumbre y la pena de los que se fueron, pero también sus historias de superación y lucha. Les invito a visitarlo e igualmente les invito a visitar el Centro de Interpretación de la Trashumancia de Lumbreras, para conocer cómo vivían los pastores, cómo era su modo de vida casi nómada, ahora en vías de extinción.

Sin embargo, he sabido que poco a poco las cosas están cambiando, que los turistas llenan las casas rurales que aquí y allí han ido ocupando las viejas casas familiares en los pueblos y aldeas. Y no vienen sólo en otoño, aunque ya les he dicho que en otoño para mí Cameros tiene la luz perfecta. También disfrutan en invierno de una visita a las cuevas de Ortigosa. O de un chapuzón en verano en el embalse de González Lacasa.

Estoy aquí, queridos lectores, para hablarles de la historia de Cameros, que ha esculpido la piedra de templos como la ermita de Nuestra Señora de los Nogales en Villanueva. O la historia que la cruza siguiendo el curso del río Iregua, la vía romana que en aquella lejana época venía de Numancia y que hoy en día se puede recorrer desde Viguera hasta la misma capital, Logroño.

Estoy aquí, por último, para hablarles de la gastronomía de Cameros, una gastronomía que coge lo mejor de la tierra y de sus ríos, que es fruto de los rigores de la vida en la montaña y de la trashumancia. Platos como la caldereta serrana que no pueden ser regados más que de una manera: con una buena copa de vino riojano, sangre exprimida de las vides que crecen en las faldas de los valles.

No sé si alcanzo a describir todo lo que Cameros esconde, todo lo que aún queda por descubrir con la viveza y la exactitud adecuadas. Temo que las palabras se queden cortas. O, al revés, temo hablar demasiado y que mis torpes descripciones se derrumben y entierren las maravillas de esta comarca. Por eso les pido disculpas y les ruego que olviden mis palabras, que me parece que apenas arañan la superficie de lo que es Cameros y su gente, y que descubran por sí mismos esta región extraordinaria. Yo, ahora, me callo.

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