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Nájera la Noble y Leal, por el Duque de Nájera

- 8 de October de 2016 - Publicado en: General

Es para mí, Pedro Manrique de Lara, segundo conde de Treviño y décimo señor de Amusco, a quien algunos llaman el fuerte, hablar de una ciudad tan noble y leal como Nájera, ciudad de la que soy también señor y duque, por gracia de sus majestades los reyes Isabel y Fernando.

Nájera en La Rioja

Es menester decir que la Nájera de mis tiempos no es la misma que hoy en día, pues el tiempo no pasa en balde y lo que en mis años era importante deja de serlo para las generaciones posteriores. Así es la historia y así hemos de aceptarlo. Por ello, que nadie se lamente de que sólo queden el polvo y el recuerdo del castillo de la Mota y del Alcázar, así lo ha querido el capricho de la historia.

Pensemos, más bien, en lo que sí queda, en lo que aún habla de la gloria que vivió esta ciudad, que fue capital del reino de Nájera-Pamplona y ciudad de fueros que han sido espejo para otros de villas de toda España.

Por ello, hablemos, por ejemplo, del monasterio de Santa María La Real, parada obligada para los peregrinos que van a Santiago y última morada para reyes y príncipes. Lugar de veneración de la Virgen desde tiempos inmemoriales, la historia ha dejado su huella en los distintos estilos que muestra su exterior.

Lo principal del monasterio data de mis días, construido en ese estilo que hoy en día llaman gótico. Todo en él es magnífico, desde el retablo y sus grandes columnas, hasta el coro en el que está representado el rey García, el de Nájera. En el panteón real están enterrados los reyes najerinos y en el panteón de mi familia reposan mis restos y los de algunos de mis sucesores. También hay otros nobles enterrados en el luminoso claustro de los Caballeros. El recuerdo de tan ilustres vidas invitan al reposo y la reflexión.

Hablemos, también, de otro monasterio, el dedicado a Santa Elena, fundado por mi hija Aldonza, quien fue abadesa. Hoy en día lo habitan las hermanas clarisas y merece la pena detenerse frente a su magnífico retablo.

Pero no sólo la arquitectura religiosa es destacable en la villa de Nájera, también la civil. Destacan las casas-palacio de las familias nobles que vivían en ella, como los Cantabrana o los condes de Rodezno. También el edificio del actual museo arqueológico, que fue primero residencia del abad de Santa María la Real; luego, cárcel durante muchos años y, finalmente, parada obligatoria para aquellos que quieran profundizar en la historia de Nájera.

Otra parada obligatoria es la ribera del río Najerilla, que tan sólo unos kilómetros más al norte va a morir al Ebro. Sus aguas separan Nájera en dos pero ahora más parecen un pequeño vergel que una frontera, y los habitantes de la ciudad se pasean por la orilla, se sientan en la hierba a charlar, han incorporado, por fin, el río a sus vidas.

Yo soy noble y mi vida ha sido espléndida, poseo riquezas, tierras y una buena posición en la corte. Sin embargo, soy capaz de apreciar la belleza de lo sencillo. Y hay un cierto tipo de belleza en las cuevas que hombres que vivieron mucho antes que yo han horadado en las faldas de arenisca de los cerros. Hay tesón y hay habilidad para excavar la tierra, y hay historias en sus rincones que nunca llegaremos a conocer del todo, sólo a imaginarlas.

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