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Leyendas rurales: El hombre pez de Liérganes

- 19 de May de 2015 - Publicado en: Turismo rural

Dicen que la víspera de San Juan de 1674, Francisco se desvistió para darse un baño en el río Miera. Su madre, María de Casar, lo llamó para que no lo hiciera y le advirtió de que le castigaría si desobedecía. Pero no sirvió de nada.

Liérganes, foto de José Luis Canales en Flickr

A Francisco le encantaba nadar, dejaba todas sus ocupaciones por lanzarse al río y se pasaba allí horas y horas, como si no hubiera otra cosa en el mundo. Así que ignoró la advertencia de su madre y se metió en el agua. “¡Así te vuelvas pez!”, dijo ella, dándolo por imposible.

Pasaron las horas y nadie tenía noticias de él. Al principio, no se preocuparon. Francisco era un buen nadador y seguramente pensaron que se había quedado en el río más tiempo de lo normal. Volvería pronto, seguro. Pero nunca regresó y finalmente le dieron por muerto. Su madre se resignó a la pérdida de su hijo igual que años antes se había resignado a la muerte de su marido.

Cinco años después, en 1679, unos pescadores gaditanos salieron a faenar a la bahía de Cádiz, como siempre, con la esperanza de hacer una buena captura. Pero ese día se encontraron algo que no esperaban. Una criatura nadaba no muy lejos de ellos. Parecía humana, si no fuera porque en su piel brillaban las escamas. Cuando se acercaron, desapareció en el agua.

Volvieron al día siguiente y lanzaron las redes con la idea, esta vez, de capturar a la extraña criatura que habían visto. No lo consiguieron pero volvieron al día siguiente, y al otro, y siempre se volvían de vacío. Hasta que se les ocurrió echar pan y entonces sí, la criatura picó y quedó atrapada en las redes.

Ya en cubierta, el asombro fue mayúsculo. La criatura era, efectivamente, una persona. Un hombre joven, muy pálido y corpulento, con el pelo rojizo. Unas escamas brillantes le recorrían el torso y tenía las uñas desgastadas, comidas por el salitre. Intentaron hablar con él pero no parecía entenderles y tampoco parecía capaz de hablar.

Lo llevaron al convento de San Francisco y pasaron varios días hasta que pronunció una única palabra: Liérganes. Nadie supo a qué se refería hasta que llego a oídas de un cántabro que reconoció el nombre del pueblo.

El Hombre Pez, foto de Carlos Jiménez en Flickr

Organizaron el viaje del joven hasta allí, con la compañía del fraile Juan Rosendo. Cuando estaban a poca distancia, el joven fue capaz de encontrar sólo el camino hasta el pueblo y fue directo hasta la casa donde vivía María. Era, efectivamente, Francisco y su madre y sus hermanos lo reconocieron enseguida.

Francisco vivió allí otros nueve años. Dicen que no se calzaba y que prefería ir desnudo. Dicen también que casi nunca hablaba si no era para pedir pan, tabaco y vino. Dicen que un día, como la primera vez, Francisco desapareció y esta vez nunca más se volvió a saber de él.

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