Hablar del pasado de mi aldea, recordando los caminos de Llamabúa, me abre de par en par la ventana de una realidad viva y presente en la que el tiempo se ha congelado permitiendo que se agolpe en el reino de mis sentidos una cascada de recuerdos.
Transcurría la década de los 40, atrás quedaban los más convulsos años de un país aislado, pobre y atenazado por las calamidades de la primera mitad del pasado siglo. Era aquella Asturias profunda de aldeas ignoradas y abandonadas donde los “caseríos” debían producir básicamente todo aquello que necesitaban para su consumo.

Así era la aldea de Llamabúa, donde en una desapacible noche de marzo, se siente el lloro desgarrado de un niño que nace a la esperanza de una nueva vida.
Los padres de nuestro niño eran la representación viva de una juventud machacada por las adversidades y la frustración de no poder soñar; para ellos sólo existía el trabajo, trabajando duramente en las faenas del campo de sol a sol.
Un caserío era algo como un arca de Noé, donde gallinas y conejos vivían en extraño equilibrio con perros y gatos, y donde las vacas, terneros y burros tenían nombre y personalidad propia: “la Gallarda”, “la Pinta”, “Lucero”… Y en la que siempre convivían tres generaciones bajo el mismo techo: abuelos, padres e hijos.
Los días se sucedían en un quehacer encadenado de tareas que se repetían como si formasen parte de una rueda que diariamente da el mismo giro. En la segunda mitad del otoño de cada año, tenía lugar la deshoja de las mazorcas de maíz y con ella las veladas, conocidas como los “desfollones” o “esfolla”.
Después de la cena, en las largas noches de los albores del invierno, varios vecinos se reunían en una casa para llevar a cabo la deshoja de las mazorcas de maíz . En aquellas veladas, en las que se sumaban mayores, jóvenes y niños, los abuelos renovaban la transmisión oral de las tradiciones, la memoria de los antepasados y ciertos retazos de la mitología asturiana.
Se contaban los encuentros con “las almas en pena”, que vagaban en busca de sus paisanos o familiares, o se recreaban en las supersticiones milenarias de origen celta: nunca romper un espejo, jamás dejar una hogaza de pan boca arriba…
Partiendo de estas breves pinceladas de la primera infancia de nuestro niño, tal vez nos podemos imaginar la alegría e incredulidad con que asiste a la primera noche en la que llega la electricidad a la aldea y ¡oh maravilla! las tres bombillas de la casa se encienden arrogantes.
Este desconcierto se repetirá posteriormente al descubrir la costa y el mar Cantábrico o la primera vez que su maestro le permite llevarse a casa una novela de Emilio Salgari. Su mentor nunca hubiera podido imaginar el mundo que aquel primer libro iba a despertar en nuestro niño.
Con el tiempo el niño se hizo joven y visionó un camino distinto; se convierte así en un desertor del modo de vida y del arado de sus padres. Estudia el bachiller y llega a la Universidad, se enamora de la mujer de su vida, cambia con ansiedad el escenario de su infancia y su camino profesional.

Con el tiempo, y gracias al apoyo incondicional de su esposa y compañera de viaje, hacen realidad su sueño: rehabilitar y construir el Complejo de Turismo Rural “Hacienda Llamabúa”. La economía primaria y cerrada de aquella antigua casa de labranza original, se transforma así en una empresa moderna que crea empleo, produce servicios de ocio, cuida celosamente el medio ambiente y el entorno natural que le circunda y es un lugar de destino turístico valorado a nivel nacional e internacional.
Querido lector, después de este corto relato, tal vez encuentres la razón del eslogan de “Hacienda Llamabúa”: ¡Vive tus sueños!
Acaso sus fundadores quieren seguir soñando y estén pensando en aquel proverbio chino que dice: “cuando llegas a la cumbre tienes que empezar a escalar”.
Juan José García y Loly, promotores de “Hacienda Llamabúa“
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